¿Morirán las personas y sobrevivirán las máquinas?

Como corresponde al presidente de la junta directiva de la empresa de alimentos más grande del mundo, Peter Brabeck-Letmathe cuenta calorías. Pero no es su propia dieta lo que preocupa a quien hasta 2008 era también presidente ejecutivo de Nestlé sino toda la comida que Estados Unidos y Europa están convirtiendo en combustible, mientras los más pobres del mundo cada vez pasan más hambre.

“Los políticos no entienden que entre el mercado de los alimentos y el de la energía hay un estrecho vínculo”, sostiene Brabeck-Letmathe. Ese vínculo es la caloría.

La energía almacenada en un bushel de maíz puede servir de combustible para un auto o para alimentar a una persona. Y cada vez más, debido a la exigencia del uso de etanol como a los subsidios en EE.UU. y a los incentivos para el uso de biocombustibles en Europa, los terrenos antes dedicados al cultivo de alimentos de humanos o animales, ahora se destinan a la siembra de productos para el desarrollo de combustible. El cálculo más reciente del Departamento de Agricultura de EE.UU. predice que este año, por primera vez, el país cosechará más maíz para la producción de etanol que de alimentos. En Europa, cerca de 50% de la cosecha de colza será para la producción de biocombustibles, según Brabeck-Letmathe, mientras que “alrededor de 18% del azúcar de todo el mundo se utiliza en la actualidad para el biocombustible”.

En cierto sentido, se trata de un logro notable. Cinco décadas atrás, cuando la población mundial era la mitad de la actual, catastrofistas como Paul Ehrlich advertían que el mundo se enfrentaba a una hambruna de proporciones bíblicas. Hoy, con casi 7.000 millones de bocas que alimentar, generamos tanta comida que ni pensamos sobre las toneladas que se queman para producir combustible.

O al menos no pensamos sobre eso en Occidente. Nos molesta un poco si el precio de nuestros cereales para el desayuno aumenta porque la producción agrícola se desvía hacia el etanol o el biocombustible. Pero si el precio del maíz o de la harina se duplica o se triplica en el Tercer Mundo, donde según Brabeck-Letmathe la gente “gasta alrededor de 80% de sus ingresos en alimentos”, cientos de millones de personas tendrán hambre. Y a veces se rebelan, como ha ocurrido este año en Medio Oriente.

“Lo que hoy llamamos ‘primavera árabe’ en realidad empezó como una protesta contra el permanente aumento de los alimentos”, señala Brabeck-Letmathe, durante un almuerzo en la sede global de Nestlé.

El ejecutivo tiene una amplia experiencia en el ámbito donde convergen los alimentos, la política y el desarrollo. Pasó la mayor parte de sus primeras dos décadas en Nestlé en América Latina. En 1970 fue enviado a Chile, donde el gobierno socialista de Salvador Allende amenazaba con nacionalizar la producción de leche, y con ello las operaciones de Nestlé en ese país. Sabe que la mayor parte del mundo no es tan afortunada.

“Hay una gran diferencia entre cómo vivimos esta crisis y la realidad para cientos de millones de personas, a quienes hemos empujado a la extrema pobreza con políticas equivocadas”, dice Brabeck-Letmathe. En primer lugar está la euforia por los biocombustibles, impulsada por las preocupaciones sobre la independencia energética, el suministro de petróleo, el calentamiento global e, irónicamente, la estabilidad política en Medio Oriente.

A ello se añade, en especial en Europa, un miedo paralizante a los cultivos con organismos modificados genéticamente (OMG). Ese rechazo a utilizar “tecnología disponible” en la agricultura, sostiene Brabeck-Letmathe, ha detenido el aumento de la productividad agrícola que por varias décadas nos ha permitido alimentar muchas más bocas de lo que se creía posible.

Luego está la demografía. Las últimas décadas han visto “el nacimiento de más de 1.000 millones de nuevos consumidores en el mundo que han tenido la oportunidad de pasar de la pobreza extrema a lo que hoy llamaríamos una clase media moderada”, gracias al crecimiento económico en lugares como China e India. Eso significa que 1.000 millones de personas tienen por primera vez “acceso a carne”, sostiene Brabeck-Letmathe.

“En tanto, la demanda de carne tiene un efecto multiplicador de 10. Se necesitan 10 veces más tierra, 10 veces más alimentos, 10 veces más agua para producir una caloría de carne que para una de verdura o grano”, explica el ejecutivo. Aun así, somos capaces de satisfacer ese aumento de la demanda. “Si los políticos de este mundo desean hacer frente a la seguridad alimentaria, solamente hay una opción: sólo deben decir ‘basta de alimentos para producir combustible’ y entonces volverá a haber equilibrio entre la oferta y la demanda”, opina.

‘Las calorías no cuadran’

Si no hacemos eso, no podemos esperar equiparar el frenesí por el biocombustible con las necesidades alimentarias del mundo. Las calorías no cuadran. “El mercado de la energía es 20 veces más grande, en calorías, que el de los alimentos”, indica Brabeck-Letmathe. Por lo que “cuando los políticos dicen ‘queremos reemplazar 20% del mercado energético por el mercado de los alimentos’ significa que ‘tendríamos que triplicar la producción de comestibles’ para alcanzar esa meta, sostiene.

Incluso si pudiéramos hacer eso, nunca lo conseguiremos sin los cultivos genéticamente modificados y creyendo que el alimento “orgánico” es el nuevo estándar de seguridad, pureza y salud. La producción orgánica es furor en el Occidente rico, pero no podemos “alimentar el mundo con eso”, asegura. La productividad agrícola con orgánicos es muy baja.

“Si uno se fija en los países que han introducido los OMG, su rendimiento por hectárea se incrementó en 30% en los últimos años. En tanto, el rendimiento de cultivos sin OMG se ha mantenido intacto o ha caído ligeramente”, describe Brabeck-Letmathe. Y esa brecha, sostiene, “es una brecha voluntaria, por una decisión puramente política”.

Según el ejecutivo de Nestlé, los europeos ricos y bien alimentados pueden darse el lujo de no producir OMG porque no quieren generar tanta comida y Brabeck-Letmathe dice que eso es algo que puede entender.

Sin embargo, lo que le resulta más difícil de asimilar es que las políticas de Europa prohíben de manera efectiva a los países pobres como los de África el uso de semillas genéticamente modificadas. Esos países, sostiene, necesitan de manera urgente la tecnología para aumentar el rendimiento y la productividad de su atrasado sector agrícola. Pero si plantan OMG, luego no podrán exportarlos bajo las reglas de Europa: “La Unión Europea no les permitirá exportar nada de nada. No sólo OMG, nada”, explica Brabeck-Letmathe, debido a los temores europeos sobre la contaminación cruzada y las normas de pureza casi imposibles de cumplir. El temor europeo a los cultivos genéticamente modificados es, según el ejecutivo, algo “puramente emocional”, que se está convirtiendo en “una creencia casi religiosa”.

Eso hace que Brabeck-Letmathe, un hombre jovial y de sonrisa fácil, se apasione. “¿Cuánta gente ha muerto por contaminación de alimentos a partir de productos orgánicos, y cuánta a partir de OMG?”, pregunta con algo de irritación. Él mismo responde: “Ninguno por OMG. Y no tengo mucho que decir acerca de cuánta gente ha muerto recientemente a raíz de productos orgánicos”, afirma, refiriéndose al brote de E. coli en Europa a principios de este año.

‘Nos secaremos’

Nestlé ha sido tildada muchas veces como enemiga de los pobres. Por 30 años ha debido enfrentar un boicot esporádico por la venta y el marketing de fórmula para bebés en el Tercer Mundo, una iniciativa que algunos ricos occidentales encuentran poco ética. Por otro lado, bajo Brabeck-Letmathe, la estrategia corporativa de la empresa ha enfatizado que todos los mercados son intensamente locales. Mientras que en EE.UU., por ejemplo, la gente compra agua por galones, en muchos países pobres, un viaje a la tienda de la esquina resulta en la compra de un solo cubo de caldo de carne Maggi. En esos países, muchos productos son vendidos en paquetes individuales para equiparar el gasto de la gente con su flujo de efectivo.

Hoy, Nestlé emplea a unas 300.000 personas, tiene ingresos de cerca de US$100.000 millones al año y, aun así, representa apenas 1,5% de una industria global que alimenta a miles de millones.

A Brabeck-Letmathe le preocupa incluso la ausencia de un mercado de agua operativo. Cerca de 98,5% del agua fresca que el mundo consume cada año se destina a usos agrícolas o industriales. En la mayoría de los casos, no hay un mercado para distribuir y usar el agua, que termina siendo desperdiciada, sobreusada y mal utilizada. Si no hacemos algo al respecto pronto, nos secaremos, advierte Brabeck-Letmathe.

“Si el petróleo escasea”, dice, “el precio del crudo sube. Pero si escasea el agua, igual bombeamos la misma cantidad. No importa porque no cuesta. No tiene valor”. Brabeck-Letmathe calcula que se necesitan “9.100 litros de agua para producir un litro de biodiésel. Eso se logra sólo porque el agua no tiene precio”.

“Hagamos ese 1,5% del agua (que usamos para beber y lavar) un derecho humano. Pero deme un mercado para ese 98,5% para que las fuerzas del mercado puedan reaccionar, y serán las mejores guías que podremos tener. Sólo si las fuerzas del mercado están en acción habrá inversiones”.

Se prevé que la población mundial alcanzará los 9.000 millones a mediados de este siglo. ¿Será posible alimentar a toda esa gente? Brabeck-Letmathe no lo duda: “Sí, podemos. Y también podremos darles agua y combustible. Pero sólo si dejamos que el mercado haga su trabajo”, sostiene.

Autor: Brian M. Carney, Vevey, Suiza, WSJ

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