¿Tiene un proyecto y le falta dinero? Endeavor o el apoyo a emprendedores

“Cuando conocí a Linda y Peter en 1997, pensé que eran una clase nueva de mormones”, afirma Wences Casares.

Pero a fines de la década de los 90, Linda Rottenberg y Peter Kellner, graduados de prestigiosas universidades estadounidenses que tenían menos de 30 años, predicaban un tipo diferente de evangelio: el poder del emprendimiento y de conectarse con otras personas, y la capacidad de las empresas de transformar economías eternamente moribundas.

Casares, hijo de criadores de ovejas en la Patagonia, dirigía un portal financiero. Su ambición era construir una versión latinoamericana de E-Trade, la corredora estadounidense de valores en línea. Pero en 1997, los capitalistas de riesgo no acudían a Buenos Aires para financiar a emprendedores veinteañeros.

Endeavor, la firma sin fines de lucro que Rottenberg y Kellner acababan de fundar, buscaba otorgar a los emprendedores las herramientas necesarias para expandirse.

Con la ayuda de mentores locales y de EE.UU., Endeavor ayudó a Casares a idear una estrategia de negocios. En tres años, levantó dos rondas de capital, compró asientos en bolsas importantes y le vendió la empresa al Banco Santander por cerca de US$705 millones. “Convertimos a unos 30 jóvenes de orígenes humildes en millonarios”, afirma Casares, que ahora es un capitalista de riesgo que vive (¿dónde más?) en Palo Alto, California.

Hoy, cuando ya han pasado 13 años desde su fundación, Endeavor tiene la misma meta elevada de Muhammad Yunus, el pionero de las microfinanzas que obtuvo el premio Nobel. Pero en lugar de concentrarse en ayudar a quienes se encuentran en la base de la pirámide, Endeavor trata de inculcar el espíritu capitalista para ayudar a quienes están en el medio. El camino hacia una expansión rápida y equitativa para economías en transición radica en el desarrollo de empresas que parecen mundanas como cadenas de restaurantes, tiendas de artículos de oficina o corredores en línea.

A fines de los 90, lanzar una empresa sin fines de lucro dedicada a esta proposición “era una idea completamente extraña” en América Latina, sostiene William Sahlman, profesor de emprendimientos en la Escuela de Negocios de Harvard y asesor de Endeavor. Rottenberg, que había cursado estudios sociales en la Universidad de Harvard y egresado de la Escuela de Derecho de Yale, donde sus intereses se inclinaban más hacia las políticas públicas que hacia la práctica privada de la profesión, había viajado a América Latina a mediados de los 90. Su vida cambió en Buenos Aires, cuando tomó un taxi cuyo conductor tenía un doctorado en ingeniería. Cuando Rottenberg le preguntó por qué no era un emprendedor, el ingeniero taxista la miró atónito: ¿un qué?, preguntó.

Rottenberg y Kellner, quienes se conocieron en una conferencia en ese país, identificaron una brecha en las economías verticales de Latinoamérica. La riqueza y el capital estaban confinados a las grandes empresas familiares y a las grandes corporaciones. “Un individuo joven y emprendedor que quisiera crear cientos de empleos, cambiar una industria y generar ingresos y necesitaba asesoría y capital inteligente, no tenía a dónde ir”, sostiene Rottenberg.

Armados con un poco de financiación (proveniente de empresarios y fundaciones locales prominentes), organizaron un evento para identificar emprendedores. Entre los primeros que eligieron en 1998 estaba Andy Freire, quien había renunciado a Procter & Gamble para lanzar una empresa de artículos de oficina con 20 empleados. “Había asistido a la mejor escuela de negocios de Argentina y no había escuchado la palabra emprendedor”, sostiene Freire. Endeavor presentó a Freire y a su socio, Santiago Bilinkis, a empresarios locales en Buenos Aires y llevó un pasante de un MBA estadounidense para ayudar a diseñar un plan estratégico para su empresa, Officenet. Freire también tuvo la oportunidad de conocer a su héroe, el fundador de Staples, Thomas Stemberg. En 2004, Staples compró Officenet por US$23 millones.

Con la convicción de que esta clase de actividad, replicada miles de veces, puede impulsar a las economías emergentes a un nivel mayor de prosperidad, Endeavor se ha propuesto sistematizar el proceso en Argentina, Brasil, México, Sudáfrica y Turquía. La meta es que los emprendedores que respalda contribuyan 1% del PIB al año. El personal local busca candidatos en el país y los hace pasar por un extenuante proceso de evaluación, que culmina en paneles de selección llenos de capitalistas de riesgo de alto perfil y ejecutivos como Reid Hoffman de LinkedIn y Kevin Ryan de Gilt Groupe. “Como cualquier gran programa filantrópico, Endeavor es dirigido y gestionado como una empresa, con objetivos empresariales, miembros calificados y socios que apoyan”, señala el fundador y presidente ejecutivo de Dell, Michael Dell, quien apoya Endeavor. Una vez que son elegidas —63 empresas en lo que va del año— reciben apoyo y asesoría, pero no fondos. “Es como el capital de riesgo, pero sin el capital”, dice Rottenberg.

Convertirse en un emprendedor de Endeavor ofrece algo más valioso que el efectivo: conexiones.

Rottenberg, de 41 años, encarna el espíritu de Endeavor. No es fácil para una mujer llegar a las juntas directivas de las empresas latinoamericanas y pedirles que abran sus billeteras, sus puertas y sus mentes. Como le dijo recientemente a un grupo de multimillonarios mexicanos: “piensen que Endeavor es un acuario donde ustedes, los peces grandes, aprenden a alimentar a los peces chicos”.

El año pasado, los emprendedores de Endeavor representaron 135.000 empleos y US$3.500 millones en ventas. En Argentina, los 70 emprendedores elegidos a lo largo de los años tienen ingresos combinados de US$1.000 millones y emplean 40.000 personas de forma directa e indirecta. Para fines de 2009, apoyaba 476 emprendedores en 11 países. Las historias de éxito incluyen firmas como el sitio de subastas en línea MercadoLibre, el que realizó una oferta pública inicial de US$100 millones en Nasdaq en 2007.

— Autor:   Daniel Gross, editor de economía de Yahoo Finance.   WSJ.

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