Los eco-productos ¿ayudan a quién?

La bolsa ecológica de Sun Chips sucumbió a la realidad del mercado. La compañía presentó el mes pasado con bombos y platillos su bolsa completamente biodegradable, hecha a partir de plantas. Parecía todo un triunfo verde, hasta que los consumidores empezaron a quejarse del ruido.

En vez del levemente crujiente susurro que acompañaba la degustación de los snacks en la vieja bolsa de plástico, la nueva anuncia cada movimiento con un escándalo. El alboroto llegó a alcanzar los 95 decibeles, superando el ruido que emite un cortador de césped, una máquina de café o algunos tipos de ladridos de perro. La Unión Europea exige que los trabajadores utilicen protección para sus oídos cuando están expuestos a ruidos de esos niveles.

Los consumidores expresaron su insatisfacción con el nuevo empaquetado optando por no comprarlo y esto causó la sublevación de algunos ambientalistas. En Mother Jones, una revista política de Estados Unidos, la periodista Kate Sheppard declaró que la jubilación temprana de la bolsa ecológica de Sun Chips es “la razón por la que estamos condenados”. Está disgustada porque “aparentemente el ruido era demasiado para que los estadounidenses pudieran soportarlo”. Compara la desaparición de la bolsa con la falta de entusiasmo de la gente por las bombillas fluorescentes a las que muchos se resisten porque “simplemente no les gusta cómo se ven”. Estar dispuestos a hacer compromisos estéticos “es el mínimo nivel de sacrificio que se les pide a los estadounidenses”. Con una buena carga de desprecio por los “teleadictos que no pueden oír sus televisores por el ruido de las bolsas de papas”, Sheppard concluye que “si el crujir de una bolsa ecológica de papas fritas es pedir demasiado, entonces la raza humana está mal de la cabeza”.

Tristes sustituciones

Sheppard puede parecer un tanto exagerada, pero hay algo en lo que tiene razón: la bolsa de Sun Chips puede sumarse a la lista de productos ecológicos que los estadounidenses encuentran menos atractivos que los productos a los que sustituyeron. Las lámparas fluorescentes compactas son tan despreciadas y han tenido tan poca aceptación que el Congreso de EE.UU. tuvo que recurrir a la prohibición de las bombillas convencionales. Los inodoros con menos agua en la cisterna y las duchas de menor flujo no lograron conquistar a los consumidores, que siguen prefiriendo sus predecesores, así que las versiones más ecológicas recibieron un empujón por parte de las regulaciones federales, aunque algunos usuarios ingeniosos quitaron las arandelas para que sus duchas no fueran tan tacañas.

Entonces, ¿por qué es que las alternativas menos dañinas con el medio ambiente parecen sustituciones tan tristes? Después de todo, no es que no haya habido otros productos ecológicos que los consumidores sí hayan aceptado.

Los economistas más favorables al libre mercado hace mucho que destacan que la introducción del keroseno, la iluminación a gas y luego las lámparas eléctricas terminaron con la iluminación con aceite de ballena. Durante el auge de la actividad ballenera había alternativas. Pero la calidad de la luz generada al quemar aceite de ballena lo convertía en una especie de producto de lujo. La desaparición de estas lámparas no se debió solamente a que había opciones más baratas sino también a que las nuevas tecnologías eran mejores.

Ahora, los Kindles, iPads y otros lectores electrónicos prometen sustituir a los diarios y los libros. Si se salvan millones de árboles por año no será porque el público lector adoptó la “eco-religión” sino porque prefirió el formato electrónico a la antigua alternativa de papel. En el mismo sentido, a pesar de todos los subsidios que se están otorgando para los autos eléctricos, es poco probable que tengan éxito a menos que prueben que son mejores que sus competidores de combustión interna.

Algunos ambientalistas vieron en esto una oportunidad. Consideremos el reciente entusiasmo por la comida producida localmente. La ética “locávora”, que se ha convertido en toda una tendencia en EE.UU., recomienda comprar en los mercados de granjeros del lugar. Naturalmente, esto tiene desventajas, como los precios más caros y la imposibilidad de conseguir frambuesas en invierno. La conveniencia de correr al supermercado a cualquier hora de cualquier día es sustituida por la necesidad de averiguar a qué hora don Orgánico va a estar en su puesto de venta. Pero los proveedores de comida local tienen algo poderoso a su favor y es que sus productos son de una calidad muy superior.

Mi contribución: comer papas fritas cortadas a mano elimina la necesidad de las papas en bolsas, sin importar cuánto ruido hagan.

Autor: Eric Felten. WSJ.

 

 

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