¿Quién salvó a los mineros chilenos? El capitalismo: 75% ingeniería y 25% milagro.

Hay que decirlo. El rescate de los mineros chilenos es una enorme victoria para el capitalismo de libre mercado. Entre la ilimitada alegría humana por el rescate de los mineros, puede parecer maleducado decir algo así. Es maleducado. Son tiempos maleducados, y lo que está en juego es mucho.

En Estados Unidos, con una tasa de desempleo del 9,6%, un electorado notablemente molesto acudirá a las urnas dentro de poco y rechazará a un partido político a favor de otro. El presidente de Estados Unidos hace campaña por todo el país haciendo el mismo comentario en casi todas partes:

“La idea básica es que si tenemos una fe ciega en el mercado y dejamos que las corporaciones hagan lo que quieran y dejamos que los demás se las apañen por su cuenta, entonces América de alguna manera va a crecer y prosperar automáticamente”.

Sí claro. Ésta es una caricatura de la idea básica, pero básicamente es correcta. Pregúntenselo a los mineros.

Si estos mineros hubieran estado atrapados a 700 metros de profundidad hace 25 años en cualquier sitio del planeta, estarían muertos. ¿Qué pasó en los últimos 25 años que significó la diferencia entre la vida y la muerte para esos hombres?

La respuesta corta: el cabezal del taladro de Center Rock.

Ese es el taladro milagroso que llegó hasta los mineros atrapados. Center Rock Inc. es una compañía privada de Berlin, Pensilvania, con 74 empleados. La perforadora que usó el taladro fue construida por Schramm Inc. en West Chester, Pensilvania. Al tener conocimiento del desastre, el presidente de Center Rock, Brandon Fisher, llamó a los chilenos para ofrecer su taladro. Chile aceptó. Los mineros están vivos.

La respuesta larga: El taladro de Center Rock, hasta este momento no mostrado aún en sitios web como Engadget o Gizmodo, es de hecho una resistente pieza de tecnología desarrollada por una pequeña compañía que está en el negocio para hacer dinero, para obtener ganancias. Por eso innnovaron en la perforación con martillos. Si hacen dinero, pueden hacer más innovaciones.

Esta dinámica entre innovación y ganancias está por todas partes en la mina chilena. El cable de alta resistencia que giraba alrededor de la rueda colocada sobre esa simple plataforma es alemán. Japón proveyó el cable de fibra óptica superflexible que unía a los mineros con el mundo exterior.

Un destacable artículo del periodista del Journal Matt Moffett era un compendio de las sorprendentes cosas que aparecieron en el desierto de Atacama desde las distantes esquinas del capitalismo.

Samsung, de Corea del Sur, proveyó un teléfono celular que tiene su propio proyector. Jeffrey Gabbay, el fundador de Cupron Inc. en Richmond, Virginia, entregó medias hechas con fibra de cobre que consumían las bacterias de la comida y minimizaban los olores y las infecciones.

El ministro de Salud de Chile, Jaime Manalich, dijo “Nunca me había dado cuenta que esas cosas realmente existían”.

Así es. En una economía abierta, usted nunca sabrá que hay por ahí en la vanguardia del desarrollo de esta u otra industria. Pero la realidad detrás de los milagros es la misma: alguien innova con algo que es útil, gana dinero con ello y vuelve a innovar o alguien diferente supera ese invento. La mayor parte del tiempo, nadie lo nota. Todo lo que esto hace es crear empleos, riqueza y bienestar. Pero sin este sistema funcionando en el trasfondo, sin el progreso que año tras año se asienta en esas innovaciones capitalistas, esos mineros atrapados estarían muertos.

Algunos pueden disgustarse por estos triunfalistas comentarios sobre el capitalismo de libre mercado. ¿Porqué hacerlos ahora?

Aquí está el porqué. Cuando una catástrofe como ésta ocurre —otras que vienen a la mente son la explosión del pozo marino de BP, el huracán Katrina, varios desastres en China— los gobiernos ponen todas sus fichas en el medio de la mesa. Chile tiene éxito (se reconstruyó tras el terremoto de febrero a una velocidad fenomenal). China tropieza. Dos administraciones estadounidenses dejan al público ansioso a medida que se tambalean tratando de salir del lío.

Aún así, lo que la clase política entiende es que todos estos desastres se diluyen finalmente y que la vida en un país desarrollado vuelve a una normalidad tolerable. Si la administración Obama se niega a completar los acuerdos de libre comercio con Colombia, Corea del Sur y Panamá, no pasa nada. Es solamente política.

Pero eso no es verdad. Enderezar la economía de un país es más importante ahora que en ningún otro momento desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Chile, Colombia, Perú y Brasil se están adelantando al resto de sus desventurados vecinos sudamericanos. China, India y otros están simplemente copiando o comprando los logros de Occidente.

Estados Unidos tiene un gobierno guiado por una mentalidad obsesionada por los millonarios y dado a burlarse de “nuestra ciega fe en el mercado”. En un mundo que se mueve a gran velocidad, lleno de países que quieren alcanzarnos o superarnos, este tipo de política es una perdida de tiempo.

El rescate de los mineros es un momento emocionante para Chile, una demostración de su creciente estatus. Pero estoy pensando en ese equipo de 74 personas, en Berlín, Pensilvania, cuyo taladro abrió la tierra para liberar a los mineros. Usted sabe que hay decenas de miles de historias como ésta en Estados Unidos tan grandes como Google y pequeñas como Center Rock. Me alegro que una de ellas ayudó a salvar a los chilenos. Lo que se necesita ahora es un nuevo modelo económico estadounidense que permita a nuestros innovadores rescatarnos al resto de nosotros.

Autor:   Daniel Henninger.  WSJ.

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