Ámbito del coaching directivo

Con frecuencia me pregunto qué es lo que realmente hago cuando hago coaching a directivos o a políticos. ¿Qué es común en el acompañamiento por encima de lo que es diferente si este directivo es público o privado? ¿Qué estructura existe o puede haber detrás de la práctica en donde lo que hago se vuelve transparente para mí? Varias veces lo he pensado en mi afán de formar a otros, pero por algún motivo, en esta ocasión, me quedé más conforme con las respuestas que me di, por eso las escribo y las comparto.

Lo primero que hago, como ustedes suponen, es saber para qué quiere coaching el directivo o el político, qué se busca a través de él y me encuentro con diferentes respuestas. En general, lo que buscan es que les vaya mejor en lo que hacen, quieren tener éxito en lo que se proponen. Algo obvio, por una parte, y, por la otra, abre una interesante puerta: ¿Qué es el éxito para ellos? ¿Qué es el éxito para mí? ¿Qué tiene que ver ese éxito con el de nuestras vidas?

Éste es un primer ámbito. Yo le llamo en mis notas el de la integralidad, la autenticidad. A través de él, entra a la vida el coaching. En la medida en que aparece una brecha, una escisión, ésta se pone de manifiesto y aparece el sufrimiento.

Como plantea Gregory Bateson en su escala de categorías para el cambio, en la que se apoya también Robert Dilts, el primer nivel que debemos considerar es el contexto. No es el mismo el contexto en el que se mueve un directivo que un político. Asumirlo nos permite avanzar, plantear el dilema de si queremos que el mundo se ordene a nuestro alrededor (interesante fantasía) o si estamos dispuestos a intervenir para ordenarlo y que juegue a nuestro favor. Para intervenir, debemos comenzar por validarlo, no es un mal sueño, no es una imperfección del guión que no debería estar ocurriendo como muestra la princesa Fiona cuando Shrek la rescata del dragón en la primera parte de esta saga. Es, simplemente.

“Acepto lo que pasa y quiero intervenir”. Luego aparece el “pero…” y detrás del “pero”, surge el paradigma limitante: ¿Cómo hago con el contexto en cuál me muevo?

Hacerle ver que, como dijera W. E. Deming, el connotado representante del movimiento de la Calidad Total, “no hay cambio sin transformación personal”. En definitiva, implica transferir la necesidad de ser responsable, de hacerse cargo, empezando por su propia transformación. Éste es el ámbito de la responsabilidad y de saber (por la propia experiencia) que un pequeño movimiento por mínimo que sea puede hacer mover a todo un sistema.

Establecidos estos dos cimientos, emprendo una ruta en donde el coachee tomará conciencia:

  • De sus propios sueños, de aquello que constituye su principal fuente de energía. El ámbito de la motivación.
  • De su capacidad de acción, de ese privilegio de poder influir.¿Qué no te perdonarías no haber hecho si ya no estuvieras en esta posición? El ámbito del poder.
  • De sus auténticas prioridades versus el uso de su tiempo. ¿Qué es lo que quieres lograr y en qué gastas realmente tu tiempo? El ámbito estratégico.
  • Del alineamiento observable de sus creencias y sus conductas y de cómo puede impactar en sus colaboradores. El ámbito de la coherencia.
  • De las fuerzas de su entorno y la calidad de sus relaciones con los actores relevantes. El ámbito de las alianzas.
  • De la necesidad de contar con compromiso y competencias en sus colaboradores. El ámbito del equipo.
  • De su propio sello, de esa esencia que le convierte o no en una oferta, en una fuente de inspiración para otros. El ámbito del liderazgo,

El juego en este campo ya lo conocen, podríamos llamarle: “el arte de preguntar”. Las preguntas como “abrelatas” de bunkers interiores, de resistencias calcificadas, aunque muchas veces sean no queridas. Y lo que he descubierto es que, cuando miro al coachee, en un momento de esta conversación que transcurre entre días me lo imagino como la envoltura de un tesoro que está encerrado en huchas de lata, guardado para nadie, ni siquiera para ellos mismos y me animo a buscar “abrelatas”.

Y hago esto porque necesito creer profundamente en ellos, porque, si no lo consigo, mi rol de coach está perdido de antemano. Cuando lo logro, sobreviene un profundo compromiso con su “éxito”, aunque ahora ese éxito se describa de una forma distinta a la que el directivo o político consideraba al principio del proceso y eso es lo que finalmente me dicen que valoran: ese acompañamiento comprometido, aunque yo considere, desde esta vanidad con la que lucho, que tiene más que ver con lo desafiante de las preguntas y con la creatividad de las respuestas que los coachees encuentran.

Autor: Juan vera, equiposytalento.com

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